Viajes, viajeros y albergues en la
España de los Austrias (II)


                                                   Escena de la obra literaria: La Vida de Lazarillo de Tormes…

CAPÍTULO I

Ideas Generales

Antes de empezar el estudio de las
materias que recoge el título de este trabajo, conviene hagamos un breve cuadro
histórico de la situación política y social de España desde el siglo XV a los
últimos años del XVII. Los Reyes Católicos labraron la unidad territorial y
espiritual de la Península y los Monarcas de la Casa de Austria, Carlos I,
Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II; ampliaron los dos primeros sus
límites, siendo derrotados los tres últimos en la oposición de las potencias
europeas. Pero todos ellos colaboraron para sacar a España de sus límites
medievales, llevando las fronteras hasta el Pacifico y el Rhin. La resistencia
católica del pueblo español al movimiento de la Revolución religiosa de Centro
Europa y de Inglaterra, convirtió a España en país representante del
Catolicismo, pero del Catolicismo no solo espiritual y místico, sino también
doctrinario y militante. Se formula todo un modo de vivir, conjugándose la
autoridad real con la popular. Expulsados los judíos, y eliminado el moro, su tradición
peninsular se hace europea. La Iglesia y el Estado son identificables brotando en
su maridaje una serie de conceptos universales los cuales los quebrantos
militares y políticos no pudieron romper.

         La literatura absorbió las corrientes
renacentistas dándoles una savia indígena y popular y el Arte depuró el estilo
clásico, creando un género nacional muy dentro del barroquismo del alma española.
Castilla dio un sentido guerrero y misionero a todas las empresas y en su lengua,
convertida en vehículo de civilización, corrió la propaganda del Estado. Surge
el Hidalgo como institución original del modo de vivir hispánico cuyos valores
se pusieron a prueba en América y Europa. Castilla da además el dinero y el aliento
para construir y conservar el Imperio. El tributo fue grande pues quedó
agotada. Todo sale de los tributos de Castilla, decía un contemporáneo.

           El siglo XV y el siglo XVI son años de
creación y de conquista. De realizaciones económicas, viviendo España fuertes
emociones que ponen a prueba el dinamismo ibérico. La mitad primera del siglo
XVII está marcada por el tono defensivo y de repliegue y el resto de la centuria
por el derrumbamiento del sistema. Pero en todo este tiempo España fue el alma
de la Contrarreforma desde la base italiana o flamenca, volcándose en América,
navegando por el Pacifico, despertando en todos los espíritus europeos la
preocupación y el odio o la admiración. Los españoles se sintieron llenos de
vanidad y de orgullo. La integración nacional no pudo resolver los problemas
económicos agravados por el sostenimiento de un Imperio gigantesco. El
despoblamiento por la emigración a las Indias o la marcha de las juventudes a
la guerra, la falta de personal técnico competente y la idiosincrasia española,
fueron los obstáculos que impidieron el triunfo. Profundamente imbuido de la
fuerza religiosa, despreció la Ciencia y el moderno racionalismo, continuando
el alma su sensibilidad medieval, aunque recubierta de formas nuevas. El moro
fue sustituido por el luterano o el calvinista, pero la idea de Cruzada
continuaba.

           Habituados los españoles a una
existencia de lucha, de aventuras y libertad imaginativa para resolver los
problemas que se les presentaban, no se unieron a la labor tenaz y constante de
otros pueblos, degenerando su (modo de vivir en una soberanía improductiva.
Cuando se vislumbra la derrota y el héroe es reemplazado por el pícaro, España
arropada en su vieja capa, pasea su hambre y su ignorancia con el orgullo del
que posee un pasado glorioso y vive de recuerdos y es entonces cuando pasa a
ser objeto de curiosidad para las gentes deseosas de contemplar el museo de
reliquias que es la Monarquía de los Carlos o los Felipes.

           Los extensos territorios del Estado
Hispánico proyectaban el poderío español a lejanas tierras y Madrid podía
enorgullecerse desde que Felipe II la erigió en capital, en ser el centro de
dos mundos.

Pero
esta grandeza fue también su debilidad, Francia, Inglaterra, Holanda, los
turcos, los príncipes protestantes alemanes, el Pontificado mismo, Portugal,
eran rivales ocultos o públicos. Ante esta multitud de enemigos, la Monarquía
tenía que ceder forzosamente. Pero lo triste fue la escasa preparación técnica,
económica o administrativa que aceleró la derrota. Antes de la implantación de
la dinastía de los Borbones, los españoles habían sentido una invasión pacífica
y corrosiva, pero inevitable, la del comercio y los que absorbieron los jugos
naturales del país.

 En la época de los Reyes Católicos ya
advertía, el historiador italiano Guicciardini que casi todos los artesanos
eran franceses y que faltaba el espíritu mercantil. Con Carlos I se sufre una
invasión de flamencos y luego de banqueros alemanes. La afluencia de capitales
americanos, la debilidad de la Banca española y las necesidades militares se
suman para que España fuese deudora del capitalismo europeo. El racionalismo
hacendístico no era propicio a la mentalidad española y los privilegios
sociales de la nobleza y clero, imposibles de romper, hizo que la Economía
cayera sobre la clase media, de por si arruinada, que había dejado de ser la
motora del Estado. La clase media, menestrales y comerciantes, agobiados por
los impuestos y las contribuciones, agotados por la falta de pagos, sintieron
desconfianza por el Estado y dieron lugar a una serie de prácticas y costumbres
que corrompieron el ánimo español, contrariando las disposiciones laborales.

Las alteraciones de la moneda y la
deuda exterior y publica convirtieron en estériles las remesas llegadas de
Indias. Las guerras continuas obligaban al sostenimiento de un programa de
impuestos intolerables por lo arbitrario del cual estaban exentos Iglesia y
Nobleza. Los motines en el ejercito por falta de pagas se unió a la resistencia
popular a satisfacer las obligaciones estatales. Del hambre y de la carestía
surge el pícaro, el hampón y el aventurero. ¿Quién iba a trabajar si el colono
se alejaba de la tierra agobiado de impuestos?

Los extranjeros cayeron sobre el país
e hicieron de él sus Indias a costa de la despreocupación y la ignorancia
española. La literatura sobre la participación de extranjeros en la vida social
y económica del Imperio es muy intensa y nos libera de hacer ahora un estudio.

          Prueba de cuanto decimos es el real
decreto del año 1630, autorizando la libertad de cultos para las minorías
extranjeras, algo incompresible en el siglo XVI, señal de los tiempos y de la
importancia del elemento alógeno en la Península que determinaba tal
flexibilidad.

           Hemos explicado antes las causas por
las cuales venían a España gentes ultrapirenaicas. Lo que interesa reseñar
ahora, es que la situación cambió en nuestro país al advenimiento de los
Austrias. Los conflictos políticos-religiosos y el papel que jugó España
luchando contra medio mundo hicieron de nuestra nación la rival y amiga de
otros países cuyos momentos históricos gravitaban sobre el Estado Hispano. La
religión unida a la política determinaba los actos de los peninsulares y el
temor a romper la unidad tan dolorosamente fraguada en ocho siglos de
Reconquista, controlaba severamente cualquier influencia extraña. La Aduana y
el Santo Oficio se unían para inspeccionar los equipajes y evitar la entrada de
obras impresas en Holanda, Alemania, etc. El embajador inglés Nottingham
refiere esta circunstancia, velando la importación de Biblias.
(1) Azorín ha recogido en su Hora de
España,
el patético cuentecillo de un padre que ve en el equipaje de su hijo
llegado de Holanda, escritos anticatólicos y celoso de su pureza religiosa,
pasa por la amargura de tener que denunciarlo a la Inquisición…

      Una Representación hecha al Rey por las autoridades de
Burgos en 1616 recordaba el peligro que entrañaba la influencia de extranjeros
pues
infeccionaban
a los naturales con sus deprovadas costumbres
y entraban ocultamente libros
prohibidos.
(2) 
Este recelo del que participaban las autoridades públicas y los
familiares defensores de la fe, fue arrollado por las necesidades del país. Las
medidas prohibitivas que tenían carácter inquisitorial y ultranacionalista,
desaparecieron cuando las urgencias económicas sustituyeron a las de la unidad
política o espiritual. Los Reyes Católicos pusieron freno a las emigraciones
extrañas, pero Carlos I, necesitado de los brazos y del dinero europeo, las
revoco. El resultado fue la llegada de millares de familias que vinieron a
establecerse en España sustituyendo a los judíos expulsados en 1492. Los
sucesores de Carlos I continuaron con ciertas reservas esta política.

     El hecho de ser estos núcleos quienes
detentaran el comercio y las finanzas hizo recaer sobre ellos la acusación de
ser los esquilmadores del país, brotando una protesta general fácilmente
perceptible en las obras de los economistas, arbitristas y en nuestros
literatos, así como en las quejas de los procuradores en Cortes. Pero todo fue inútil.
La revancha española fue excederse en malos tratos y en picardías cuando se
encontraban con personas venidas de allende los Pirineos
No quiere esto decir que las malas
artes se encarnizaran con los extranjeros exclusivamente, sino que el hecho de
sentirse humillado por ellos creaba un desahogo natural, pícaro y violento, no con
caracteres patrióticos, pero sí de animadversión que flotaba en el ambiente. La
xenofobia hispana, tan característica en algunas épocas, alcanzo extremos aun
no bien estudiados, sobre todo en el campo, donde la ilustración era menor y
los rumores cortesanos llegaban aumentados y desprovistos de objetividad. Fue
una de las notas más españolas, el aislar las mujeres del contacto exterior. El
acercamiento de cualquier forastero a una española era considerado como un
insulto. La vanidad y los celos morunos del español se exaltaban ante lo que
consideraba propio y no quería en su personalismo, ser sustituido por nadie que
no fuera del país.

     La inseguridad y peligro de los
tiempos se unían para hacer más difícil la situación del viajero. Rosmithal
cuenta en su
Viaje haber sido asaltado hasta tres veces
en sus posadas. La precaución de no salir nunca solos hízose general cuando
alguien cruzaba la frontera como medida de seguridad general. Los caminos en
Galicia eran peligrosísimos y los hurtos de los más corriente. En Castilla
donde la paz era general en el campo, por ser más fuerte la jurisdicción real,
el viajero iba tranquilo pero el peligro empezaba cuando entraba en pequeñas
aldeas o en las ventas. Los forasteros -decía Conrado de Bemelberg en 1599- son
muy bien recibidos, con burlas y matracas. Malaventurado aquel que no entiende
su lengua y menos dichoso quien no la habla porque el primero estará sin cenar,
aunque amanecerá sin deuda y el segundo no hará poco en buscársela y corriendo
de casa en casa para cohecharla como los pobres la limosna y servirá de
pasatiempo a los niños en la plaza
(3).

     En las ciudades fronterizas la reacción
era diversa, desde Sobieski que fue robado impunemente en Pamplona, cuando un
militar le enseñaba la ciudad mientras la mujer e hijas le abrían las maletas con
una llave idéntica a la entregada al noble polaco, hasta el caso de Martir,
Obispo de Arzendjan, alojado en Fuenterrabía; a fines del Siglo XV, que vio asombradísimo
al matrimonio que le hospedaba pedir limosna para él y por él
(4).    

        Las grandes urbes eran más generosas. Así
en Burgos, según confesaba el humanista Lucio Marineo Siculo,
la gente es muy amorosa con los
extranjeros y sufrida con los huéspedes.

En el reinado de Felipe II decía el veneciano Badoaro, que los españoles tienen
la costumbre de agasajar mucho al forastero y
si alguno de estos llega a algún
incidente personal, todo el mundo sale a su defensa porque aparte de otros
defectos, ostentaban como su más saliente virtud la hidalguía
. Sin embargo, no debía tocarse el
tema nacional. Vélez de Guevara recoge en el inmortal «Diablo Cojuelo», una
típica escena de vanidad patriótica. El estudiante don Cleofás y el diablo están
comiendo con un francés, un inglés, un italiano y un alemán en la venta de
Darazutan en plena Sierra Morena y se enzarzan en una discusión que la
travesura del Cojuelo convierte en riña. El motivo fue decir D. Cleofás que
España estaba en guerra con todo el mundo para ponerlo a los pies de su Rey.
Compara al monarca español con un
generosísimo
lebrel
, luchando
y poniendo en fuga a unos gozques que son los Reyes contrarios.

 La abundancia de extranjeros en el siglo
XVII, no dejó de asombrar a los españoles que calificábanles de holgazanes por
venir de este modo a orlar los caminos, demostrando en ello una total incomprensión
del viajar por placer que los españoles no sentían, si no implicaba en ello un
fin particular o material. La entrada de forasteros en la Monarquía disminuyó
en la ruta jacobea, pero fue incesante hacia la Corte y Andalucía. Estos eran
recibidos bajo dos denominaciones, la de
viajero por seguir una vía o
camino y la de
pasajero, por ser pasados de un punto a otro a través del
mar. Es curioso registrar que el sentido peyorativo de la palabra
huésped, aplicado
al mesonero, cuya fama era comparable a la de Gestas, el mal ladrón, encontró
una réplica popular en denominar también
huésped a la persona alojada en
casa ajena. La etimología de la palabra es latina y de idéntica raíz que
hostis,
extranjero, enemigo. Bajo el sobrenombre de haspes fue adorado Júpiter,
como dios tutelar o protector de los mesones y viandantes.

    El
Barón de Rosmithal es el primero a quien corresponde el adjetivo de turista y
su interesante viaje nos da abundantes detalles íntimos de la España del Siglo XVI
(5). Entró en España por Vizcaya, pasando
a Santiago, Extremadura, Toledo, Madrid, Calatayud, Zaragoza y Barcelona. El
protestantismo corta en parte las peregrinaciones a Santiago y cuando llegan
gentes forasteras lo hacen no sólo por impulsos caritativos sino también por
curiosidad o placer. La lista de apellidos ilustres continúa con el trinitario Roberto
Gaguín, Bernardino Ochino, Manier, etc. La mayor parte de los viajeros alargan
sus visitas hasta otras regiones meridionales. Señal de que va faltando la
pureza final de las peregrinaciones medievales. Pensemos un momento en las
diversas clases de personas que ha catalogado Farinelli, García Mercadal o Foulché-Delbosc
para tener idea de la impresión recíproca que sufrieron los habitantes de la
península; Eustaquio de la Fosse, 
comerciante
flamenco; Popielovo, embajador de Polonia ante Carlos I y el obispo de
Arzendjan, Montigny, Guicciardini, Marineo Siculo, Mártir de Anglería que vinieron
al servicio de la Corona española; el célebre autor del «Cortesano», Baltasar
de Castiglione; 
los
embajadores venecianos, Navaggiero, Contarmi, Badoaro, Tiepolo, Gonfalonieri;
Brantôme, el ilustre escritor francés; el Abab de San Vaast, Filiberto de
Saboya y numerosos personajes de sangre real. Los Nuncios papales, soldados
mercenarios como Erich Lassota de Steblovo y Cook, arquero de Felipe II son un ejemplo
(6).

         En el Siglo XVII pisan nuestro
suelo, Bartolome Joly, limosnero de Enrique IV de Francia; lord Nottingham,
embajador de Jacobo I de Inglaterra; el futuro Garlos acompañado de su favorito
Buckingham, Jacobo Sobieski padre de reyes; Rubens el pintor; Voiture, Saint
Amant el poeta, el Cardenal de Retz, Brunei, el Abate Bertaut, la célebre
mentirosa Condesa D’Aulnoy. Pensemos también en los séquitos diplomáticos como
el del Duque de Grammont que vino a pedir la mano de la infanta Maria Teresa,
para esposa de Luis XIV; los mercaderes, comisionistas, aventureros etc. que
convirtieron a España en lugar de peregrinación turística o de negocio político
y comercial
(7).

                                                        José María Sánchez Diana.
        Chronica Nova 7, 1972, 35-93

(1)
GARCIA
MERCADAL: España vista por los extranjeros, III, pág. 43.

 (2)
ALTAMIRA:
Historia d España. III
, pág. 483; NARCISO ALONSO CORTES: Condición
Jurídica del extranjero en la Edad Media
, 1900.

 (3) LUDWIG PFANDL: Introducción al
estudio del Siglo de Oro
, Barcelona 1929; CAYETANO ALCÁZAR: Las
comunicaciones en la época de los Reyes Católicos
, Homenaje a Isabel la
Católica en Madrigal de las Altas Torres. Madrid 1953. Instituto de Estudios Africanos,
pags, 55; G. MENENDEZ PIDAL: Comunicaciones en tiempo de los Reyes
Católicos,
Conferencia sobre la Política Africana

VI, pags. 91-105,

 (4) GARCIA MERCADAL: Ob. Cit. III, pag, 9 6.

 (5) GARCIA MERCADAL: Ob. cif. I, pág,
110;
A. M. FABIE: Viajes por España y Portugal del barón Rosmithal de
Blatna
, Revista España, XXXV 1873, págs. 176-241; Hay versión inglesa de
1957 por Malcom Letts, Cambridge.

 (6) Relación de Miguel Soriano, embajador
de Venecia, B. N. manuscrito E-93, folio 1 X-136, folio 25-26; E-126, folio 44,
137- Relación de Enrique de Cok. Viaje hecho por Felipe II en 1535 a
Zaragoza, Barcelona y Valencia»
Madrid» 1876; Jornada de Tárázoná hecha
por Felipe II
Madrid, 1879,

(7) David Loth, Viaje de Cosme de
Medícis por España y Portugal
, Centro de Estudios Históricos; Viaje de
Antonio de Lalaing señor de Montigny
, Collection des voyages des souverains
des Pays Bas, Bruselas, 1876, I, pag 121-305; BARTOLOME JOLY, Viaje a España,
París, B. N. manuscrito 24.917. Reseña en Revue Hispanique, XX; Relación
del viaje de Grammont, por Andrés García de la Iglesia,
B. N. de Madrid,
manuscrito, 18,406; Convite que hizo el Almirante dé Castilla Juan Alonso
Enriquez de Cabrera al Duque
, B. N. manuscrito, 18.400 RODRIGÜEZ VILLA: Dos
viajes regios, 1678
, Boletín de la R. A. Historia, 1903; E. Carreras Candi,
Carlos María de Saboya en el carnaval de Barcelona (1585) Cultura
Española, 1908, Febrero.

    

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